jueves, 2 de febrero de 2012

El hombre invisible



Que estaba yo en la cocina preparando la cena y comentando las cosas del cole con Cascarrabias´Kid y el Agente Naranja: unas croquetas caseras con sobras de compango, unas piezas de fruta y un yogurt y sale a colación el tema de la coeducación. Le pregunto de qué va el asunto ese de la coeducación, que les enseñan, que aprendió. Cascarrabias´Kid domina los lugares comunes, al arte de no decir nada: que si la paz, que si la soldaridad, que si el compañerismo, que si portarse bien. Palabras huecas que recita como un papagayo. No me doy por vendido y sigo escarbando con una pregunta por aquí y otra por ahí.

- Pues un tema es que los padres también son amas de casa.

Interesante perspectiva.

¿Y qué pensaban ellos de su padre? ¿Consideraban que su padre también era una ama de casa? La respuesta fue tajante y el chasco enorme. Qué cosas les decía, su padre un ama de casa. Estaba tonto, o qué.

Cagüén mi manto. Más de diez años metido en la cocina, ocupado de la intendencía, la compra, la dieta, yo, que me he leído todos los libros de nutrición y recetas, que he disfrazado las verduras de todas las formas posibles, que he militado en el partido de los no conservas, no precocinados, sólo productos frescos y sanos, mal que os pese, yo que hago la compra en el mercado y regateo con Moncho el precio del manojo de berza y ahora me lo pagaban así. El ama de casa era mamá, lo mío de la cocina no era nada.

Es increible comprobar cómo nos ven nuestros propios hijos, el concepto que puedan tener de nosotros. Otro día, que salíamos de comprar una bollos para merendar, nos cruzamos con una madre que pegó a sus hijos, de edad menor que los míos. Cascarrabias´Kid se quedó petrificado. De camino a casa, con el preciado batín de la merienda, comentó horrorizado que no entendia cómo una madre podía pegar a sus hijos.

- ¿ A ti te parece normal ? - me sondeó.

El que no salía de su asombro era yo. No es que que les haya pegado palizas de muerte cada dos por tres, pero ambos han probado mis zarandeos y mis pellizcos y, en alguna ocasión, cuando han agotado mi paciencia o cuando de la pura rabieta entraban en trance y se les obturaban los sentidos, han recibido un buen sopapo. Sin embargo ellos tenían la sensación de que jamás les hubiera tocado, de que se hubiera ejercido la violencia sobre ellos. Aquello desde luego me dio que pensar.

Por una parte me consideran un padre hippie y pacífico, por otra no consideran que contribuya con mi laboriso esfuerzo al desarrollo de la armonia en el hogar.

Ya lo decía Chesterton. Las personas que vemos cotidianamente son invisibles.

2 comentarios:

Ricardo Fernández dijo...

Madre del amor hermoso... Es que cada vez que te leo me quedo medio p´allá...

Anónimo dijo...

Cuestión de escala...SU escala no es TU escala...ergo lo relevante es discrepante.

Pero ten claro que cuaja,vaya que si cuaja...poco a poco,sin notar (o notando depende de la bronca),de manera sutil se empapan de la cultura paterna.Por eso es infinitamente más útil hacer que predicar...hechos,hechos,calientes se graban...tardamos 1 año en empezar a hablar y 50 en empezar a callar.

Ala...¡que bárbaro!