Un mundo mejor
martes, 21 de mayo de 2013
MODALES
Estoy en plena época de regresión cultural y social. En cuestiones de protocolo social retrocedo a pasos agigantados. A estas alturas de la película mis modales están ya a la altura de los de un Australopiteco, y bajando. Cada vez llevo peor las reuniones sociales por conveniencia, los eventos con la familia propia o política, las ceremonias donde uno debe hacer acto de presencia porque es de buen tono o porque lo dicta no se qué extraña norma que sirve para distinguir a los civilizados de los salvajes. Cada vez valoro más la cercanía de personas que de verdad me importan y me satisfacen, con las que no debo fingir ni aparentar ser lo que no soy, donde no debo preocuparme de ser lo que otros esperan que sea. Tampoco es que gruña ni me restriegue la espalda contra la pared para marcar el terriotrio, pero ganas a veces no me faltan.
Este fin de semana sin ir más lejos asistí a una celebración ( bueno, debería decir mejor que fue un amigo mío, para no despertar suspicacias), bautizo más comunión en un mismo día, que cumplían todos los cánones que dicta la enciclopedia de las buenas normas sociales y del más alto copete: toda la familia convocada y en perfecto estado de revista, celebración religiosa primero, opipara comida posterior en Club ( privado) de Golf de la ciudad, sobremesa con bebidas y partida de tute para rematar. No le faltó detalle, nadie reparó en gastos, pero todo sonaba a falso y cogido por los pelos; todo un derroche de oropel y una puesta en escena impecable, pero a todos los adultos se nos notaba que preferíamos estar en cualquier otro sitio menos allí.
Admiro a la gente que es capaz de moverse por esos ambientes refinados y de alta sociedad con naturalidad y frescura, gente con la suficiente sensibilidad para percibir que uno se encuentra fuera de su ambiente y son capaces de bajar, ponerse a tu nivel sin perder su altura y, lo que es más dícifil, sin que se note ni tengas porqué sentirte incómodo. No es el caso. Al contrario, parecía como si los organizadores se hubieran tomado un esfuerzo especial en sorprender y agasagar a la rama proletaria de la familia, y todo lo que consiguieron fue acentuar nuestro desasosiego y afilar nuestros ya de por si retorcidos colmillos.
El patriarca de la familia es un empresario que tuvo éxito en los negocios a base de trabajar y trabajar. El típico hombre hecho a su mismo, con esfuerzo y un puntito de suerte, que supo hacer una fortuna en el sector de la construcción del tardo franquismo. A continuación tomó posesión del estátus social que se supone a las personas con su nivel de ingresos, el colegio privado para sus hijas, la casita a pie de pista de esquí, el club de golf, los viajes transoceánicos. En fin, el pack entero. Dichosos ellos que se lo pueden permitir, pero lo cierto es que aún se les nota el pelo de la dehesa. Lo que Natura non da, el Banco Central Europeo non lo presta. La clase.
El colmo y el botón de muestra. Uno de los matrimonios tuvo el mal gusto de acudir a la celebración con su "nurse" filipina. Es como si sus hijos fueran también un deber social más, un engorro, un tema de conversación en la cafetería de la pista de padel, pero en ningún caso un compromiso o un proyecto. A mi me produce tristeza ver a esos niños que nadan en la opulencia material pero que carecen de lo más básico en la formación y equilibrio de un niño: el afecto y atención de sus padres. Lo de la "nurse" filipina, sin embargo, me indignó. No porque me parezca un trabajo indigno "per se", si no por la actitud de los padres con esa trabajadora. La "nurse", la extranjera con acento irreconocible que le partía el filete a los niños, que los entretenía y les limpiaba los mocos, la persona que decidía en último caso lo que estaba bien o no, las normas morales que regirán sus decisiones futuras, la persona que tendrá más influencia, aunque sea solapada, en su formación, no formaba parte de la familia, era un ente extraño, necesario, pero en ningún caso cercano y todos los gestos denotaban su exclusión y su cosificación. El colmo, decía, es que nos impusieran al resto de matromonios con hijos ahí presentes a la "nurse" para atender la mesa de nuestros propios hijos y a la que no nos atrevíamos a dirigirnos, a tratar como la persona que era, por pura cobardía, por lo absurdo de la situación y por no hacer aún más evidente la brecha.
Será de lo más civilizado, pero nunca entenderé esa moda de mezclar en las misma mesa a Churras con Merinas. Qué necesidad hay. ¡Con lo bien que hubiéramos estado los conocidos a solas en nuestra mesa despotricando contra los otros!. Pero no, hay que confraternizar. Hay que joderse. Uno de los dos, o ellos o nosotros estamos equivocados, pero lo que me quedó claro es que no vivimos en el mismo mundo, si acaso en mundos paralelos. Ni siquiera cuando hablabamos nos entendíamos. Era como si entre unos y otros hubiera un muro invisible y que al hablar, nuestra palabras chocaran en el muro, rebotaran y nos volvieran distorsionadas. Como nos vuelven distorsionadas, pensamos que son las palabras del otro porque no suenan como las nuestras, y como en realidad son nuestras propias palabras, y como reconocemos la música, la melodia con que regresan, nos gustan, pero lo único cierto es que en ningún momento hubo comunicación. Si acaso un leve cruce de enunciados, frases lanzadas al espacio con la esperanza de que alguien en algún plantea, alguna vez, las acogiera y ponderara en su justo valor, declamaciones que caían a fin de cuentas en saco roto, mientras yo miraba de reojo la mesa de los niños, reprimiendome las ganas de intervenir por no desautorizar a la "nurse" y hacer aún más profunda la brecha.
Al marchar, para despedirse la madre de los niños de la "nurse" - verdaderamente no tenía ninguna necesidad de hacerlo- halagó a nuestros chicos.
- Son unos niños muy educados- dijo.
Al principio Campanilla y yo nos sentimos tontamente halagados, pero a mi se me puso enseguida la mosca detrás de la oreja. En ese mundo paralelo, ¿ cómo se comportan los niños muy educados?, ¿ qué hechos inconfesables habían cometido mis retoños en el salón donde los recluyeron en la sobremesa para que no incordiaran a los adultos mientras su padre entretenía a la Tercera Edad de la familia y era vapuleado al tute sin compasión? Miedo me da.
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martes, 14 de mayo de 2013
Anna Y Ernesto
Anna y Ernesto eran gemelos como nunca nadie lo había sido nunca ni quizás lo volvería a ser jamás. Anna y Ernesto no eran hermanos, descendientes de un mismo padre y de una misma madre, ni siquiera habían nacido en el mismo siglo o en el mismo país; Anna había nacido en Oostende, a finales del siglo XVI , en los años previos al sitio de la ciudad por Ambrosio de Spinola y los Tercios Españoles, en la que fue conocida como la Guerra de los Ochenta años. Ernesto sin embargo nació en España también a finales de un siglo, pero del siglo XX, en los años previos al ataque de los Torres Gemelas de New York y del final y ocaso del sistema capitalista que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers. A pesar de la diferencia de sexo, de la diferencia en el tiempo y en el espacio Anna y Ernesto eran dos ejemplares únicos en la Historia de la Humanidad. Eran sentimentalmente idénticos. Ante los mismos estímulos, sentían las mismas emociones y desarrollaban los mismos sentimientos. Sus emociones tenían la misma regulación homeostática, ante un suceso externo, sentían la misma emoción, las cartografías del mapa de sus cuerpos eran exactamente iguales y el cerebro elaboraba respuestas idénticas, en su flujo sanguineo corría la misma dosis de dopamina, serotonina, noradrenalina o acetilcolina, desde las mismas cédulas a los mismo órganos y su respuesta corporal elaboraba el mismo sentimiento. Puede parecer absurdo, pero es algo único y excepcional, porque los humanos, aún compartiendo los mismos órganos y sintiendo las mismas emociones de la misma manera, somos únicos en el posterior procesamiento y externalización de esos procesos: los sentimientos.
Alguien puede objetar que cómo pueden ser gemelos con esos condicionantes, si no compartían ADN, ni siglo, ni espacio. Los humanos somos incapaces de medir el tiempo más allá de nuestras propias dimensiones. En realidad, los cuatrocientos años de diferencia que separan el nacimiento de Anna y Ernesto, medido con la edad del cosmos, es infinitamente más corto que la distancia que media en una carrera de cien metros lisos, desde que el juez árbitro da la salida y suena el disparo.¿ O cuántos milésimas de fracción de año luz separan Oostende de Oviedo? Todo es relativo, pero ellos eran únicos midiese como se les midiese.
Delante de una jauría de lobos, ante la sensación de peligro, el cuerpo reacciona de varias maneras. Unos huyen, el miedo dispara la adrenalina y la mente prepara el cuerpo para la huída. La persona corre, tropieza, se golpea con las ramas, se clava una estaca en el costado que le produce una herida sangrante y profunda y sigue huyendo sin caer, sin sintir dolor ni cansancio. O bien se queda paralizado, el pánico le bloquea y la impide optar por una respuesta más aconsejable ante la amenaza de los cánidos. O bien les planta cara y es capaz de domeñar la emoción, desoír la llamada del cuerpo que le pide que huya o vencer la paralisis que provoca el miedo y busca un palo a su alrededor con que defenderse o intenta encender un fuego o trepa al árbol más cercano, o piensa, porque lo ha leído en algún libro que es mayor el miedo del lobo al hombre y decide jugar esa baza con aplomo y sanfre fría.
Un hombre y una mujer que se conocen quedan a solas. Se conocen de antes y se caen bien. El hombre puede percibir los estrógenos y la progesterona presente en el cuerpo de ella y su sangre de manera automática y no premeditada comienza a saturarse de testosterona. La cosa puede acabar en la cama o en el confesionario. También puede acabar en una bofetada o en otra oportunidad perdida o en un proyecto de vida en común, plena y fascinante. También puede ser el principio de una gran amistad o de un malentendido.
Anna y Ernesto se aburrían igual, se reían de lo mismo, desobedecían de la misma manera, deseaban con la misma ambición, olvidaban las mismas ofensas y al mismo tiempo, gastaban el dinero con la misma prodigalidad o apreciaban la comida con el mismo deleite, decían las mismas mentiras, tenían las mismas pesadillas, se estremecían por los mismos motivos, suspiraban por los mismos pensamientos. Eran dos seres sentimentalmente indiferenciables.
Lo que la naturalza tan sorprendentemente habia creado vino a destruirlo el ambiente. Un año después del comienzo del sitio de su ciudad, la familia de Anna decidió abandonar Oostende. Anna ayudó a su padre y a sus hermanos a cargar sus enseres y posesiones en la carreta con la que pensaban viajar hasta la ciudad de Amberes aprovechando un alto el fuego pactado entre asediadores y asediados. Nada más atravesar las murallas de la ciudad, cuando más vulnerables eran, alguien en alguno de los dos bandos decidió romper la tregua y un los casquetes de un obus que estalló a su paso le golpearon la cabeza y le arrancaron una pierna. Anna era aún una adolescente a la puertas de la pubertad. Años más tarde aún seguía sintiendo dolor en al pierna ausente o le hubiera encantado poder dar satisfacción al picor que sentía en ese mismo espacio donde antes estaba su rodilla. La familia no le dio mayor importancia a las lesiones en la cabeza y se centraron en parar la hemorragia, pero las alteraciones, aunque no fueron irremediables, si fueron tan profundas como slenciosas. La metralla produjo una lesíón en la corteza prefrontal y con el traumatismo desapareció la magia que unía a Anna y a Ernesto. En Anna hubo alteraciones en la percepción de las emociones que afectaban a su comportamiento social, a su capacidad para seguir la convenciones sociales y a cumplir las normas. Anna seguía siendo una adolescente encantadora, siempre que no se contravinieran sus intereses o se tratase de poner barreras a sus deseos. Anna actuaba de acuerdo a sus propios impulsos, sin capacidad para valorar el mal o el daño que su acciones podían provocar o provocaban en el prójimo. Ernesto sin embargo, continúo desarrollándose de acuerdo a la norma social esperada, con capacidad para soportar la frustación, superar la angustia y edificar su felicidad sin recurrir al dolor ajeno. La maravilla apenas había durado doce años de la vida de ambos. Algo insignificante, cabría pensar, pero no por ello menos excepcional y valioso.
Bien pensado, el destino de Ernesto fue aún más penoso que el de Anna. Milllones de años de evolución de la especie arrojados directamente a la basura. Al fin y al cabo el deterioro de Anna tenía un motivo fisiológico y respondía a una razón objetiva: un traumatismo provocado por la explosión de un obús y las secuelas subsiguientes. Lo de Ernesto en cierto modo podríamos también achacarlo a un hecho igualmente objetivo, pero quizás menos justificable. La conclusión de sus estudios coincidió con el desplome de la civilización tal y como había sido concebida hasta entonces. La relaciones econímicas, la organización del ser humano para asegurarse la propia subsistencia, las relaciones sociales, el pacto entre ciudadanos, famila, instituciones, poder, recursos y finanzas se vino abajo en un contexto dominado por la revolución tecnológica y digital. Ernesto, como tantos otros contemporáneos suyoes, se pasaba las horas del día delante de la pantalla de plasma de su terminal de comunicación. Su tiempo se consumía visionando historias que otros había pensado para él, deseando imágenes a las que podía recurrir siempre que lo desaba, hasta que tampoco las imágenes consiguieron estimularle más, jugando partidas en juegos multidimensionales sin parar, que al principio le producían cierta emoción, cierto pálpito y cierta dilatación en la retina, en parte provocado por lo desconocido y por la novedad, pero que a la larga acababa convertiéndose en una rutina más, en cuanto dominaba los pormenores del juego, de cualquier juego, y asumía con la misma impasividad la victoria y la derrota. El apagón cerebral fue lento, pero continúo. Las relaciones humanas eran más frecuentes en las pantallas de plasma que en la vida tridimensional. No había interacción emocial entre la personas. No eran necesarias, no se percibían, no se veían. El sonrojo era una emoticono. La alegría tres signos en un teclado. La ironía era indetectable o malinterpretada. El silencio era la angustia de un visor en blanco o un aparato sin bateria. Para qué suspirar si no habría nadie al otro lado, para qué reir y sobre todo por qué. La vida es necesaria practicarla para que no se olvide, para que no desaparezcan los motivos, para que los sentimientos no dejen de ser nunca una respuesta, una necesidad y una estrategia profundamente humana.
Lectura recomendada. Antonio Damasio. "En busca de Spinoza"
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martes, 7 de mayo de 2013
Risas, carcajadas y cintura
Cascarrabias´Kid no acepta las bromas, sobre todo si él es el protagonista o la víctima propiciatoria. Sin embargo comprende y disfruta como un enano de los juegos de palabras, los dobles sentidos, las sinecdoques, las hipérboles, los retruécanos, la ironía, las analogías. Valora las historias bien contadas, no se le escapan las trampas del lenguaje y empieza a cazarlas al vuelo. No sólo comprende algunas propuestas de lo más descaballedas, en ocasiones se anima a participar y consigue arrancarnos alguna sonrisa, o algo más, con su agudeza y sus ocurrencias.
El Agente Naranja no pilla ni una. Es un chico alegre, desenfadado, que irridia optimismo y buen rollo, pero de humor, de sus trampas, trucos y añagazas... nada de nada. Hay tanta alegría y felicidad en su interior que no necesita recurrir a sucedáneos. Lo suyo es auténtico y pleno. Un chiste es un puzzle de un millón de piezas, todas despergidas, sin pies ni cabeza. Una perdida de tiempo inncesaria.
El agente naranja aguanta muy bien las bromas. Le resbalan. No se toma las cosas a pecho. Su hermano no. No acepta la crítica y vive la más mínima alusión a su persona como un ataque directo, profundo, doloroso. A mi que me lo expliquen, tan despierto para los juegos de palabras más sutiles y enrevesados por una parte, y tan poca cintura para otras menciones cuyo origen y finalidad no es otra que crear humor, el mismo humor que tanto disfruta y le estimula.. Cascarrabias´Kid no sabe reirse de si mismo.Es un hecho. El Agente Naranja no ha dejado de hacerlo desde el día que nació.
Yo, lo de Cacarrabias´Kis lo achaco al golpe. Cuando tenía tres o cuatro meses se me cayó de la bañera en el cuarto de baño, se golpeó la cabeza y nos llevamos un susto de muerte, que acabó en urgencias hospitalarias. Fue el golpe seguro, le dejó la cabeza como un sonajero. El día que se me ocurrió provocarle y comunicarle mi irrefutable teoría casi le da un pasmo. Dos minutos antes nos habíamos estado riendo a mandíbula batiente de alguna ocurrencia, con esa risa suya tan contagiosa y escandalosa, más limpia que el cielo de Baltanas en verano, que nace del mismo centro del estómago, ahí donde crian las mariposas, y dos minutos después me hubiera clavado un tenedor en el culo. En fin.
Cascarrabias´Kid tiene imaginación. La saca poco de paseo, pero tener la tiene, como todo el mundo. ¿no?. De fantasia, sin embargo, anda más bien escaso. El Agente Naranja, al contrario, es pura fantasia, está siempre en algún lugar lejano, a su bola, en su mundo interior, lejos de nosotros y de si mismo. Contento, fantaseando, hablando solo, viviendo varias vidas por minuto. ¿ es por eso que no entiende ni aprecia el humor?.
Al Agente Naranja cuesta darle cuerda, cuesta otorgarle confianza para que se afience su autonomía: no se fija, no se responsabiliza, no atiende, no ve el peligro, no desconfía. Hay que atarle corto. Cascarrabias´Kid nació hecho un paisano: es responsable, serio y sabe desenvolverse en cualquier situacion a las mil maravillas, y sobre todo no las provoca; las situaciones de riesgo, quiero decir. Tiene, ejerce y reparte sentido común. Quizás sea un poco asustadizo, tirando a lo melodramático, pero un poco de miedo nunca viene mal: no olvidemos que el miedo ha facilitado la supervivencia de la especie. El muchacho ha aceptado y superado todos los retos que sus padres le hemos propuesto.
Mal que le pese no renuncio a chincharle ni a seguir tomándole el pelo. Ahora bien, mi espíritu de supervivencia me aconseja no hacerlo antes de haber recogida los cubiertos de la cena. ¡Ay!
El Agente Naranja no pilla ni una. Es un chico alegre, desenfadado, que irridia optimismo y buen rollo, pero de humor, de sus trampas, trucos y añagazas... nada de nada. Hay tanta alegría y felicidad en su interior que no necesita recurrir a sucedáneos. Lo suyo es auténtico y pleno. Un chiste es un puzzle de un millón de piezas, todas despergidas, sin pies ni cabeza. Una perdida de tiempo inncesaria.
El agente naranja aguanta muy bien las bromas. Le resbalan. No se toma las cosas a pecho. Su hermano no. No acepta la crítica y vive la más mínima alusión a su persona como un ataque directo, profundo, doloroso. A mi que me lo expliquen, tan despierto para los juegos de palabras más sutiles y enrevesados por una parte, y tan poca cintura para otras menciones cuyo origen y finalidad no es otra que crear humor, el mismo humor que tanto disfruta y le estimula.. Cascarrabias´Kid no sabe reirse de si mismo.Es un hecho. El Agente Naranja no ha dejado de hacerlo desde el día que nació.
Yo, lo de Cacarrabias´Kis lo achaco al golpe. Cuando tenía tres o cuatro meses se me cayó de la bañera en el cuarto de baño, se golpeó la cabeza y nos llevamos un susto de muerte, que acabó en urgencias hospitalarias. Fue el golpe seguro, le dejó la cabeza como un sonajero. El día que se me ocurrió provocarle y comunicarle mi irrefutable teoría casi le da un pasmo. Dos minutos antes nos habíamos estado riendo a mandíbula batiente de alguna ocurrencia, con esa risa suya tan contagiosa y escandalosa, más limpia que el cielo de Baltanas en verano, que nace del mismo centro del estómago, ahí donde crian las mariposas, y dos minutos después me hubiera clavado un tenedor en el culo. En fin.
Cascarrabias´Kid tiene imaginación. La saca poco de paseo, pero tener la tiene, como todo el mundo. ¿no?. De fantasia, sin embargo, anda más bien escaso. El Agente Naranja, al contrario, es pura fantasia, está siempre en algún lugar lejano, a su bola, en su mundo interior, lejos de nosotros y de si mismo. Contento, fantaseando, hablando solo, viviendo varias vidas por minuto. ¿ es por eso que no entiende ni aprecia el humor?.
Al Agente Naranja cuesta darle cuerda, cuesta otorgarle confianza para que se afience su autonomía: no se fija, no se responsabiliza, no atiende, no ve el peligro, no desconfía. Hay que atarle corto. Cascarrabias´Kid nació hecho un paisano: es responsable, serio y sabe desenvolverse en cualquier situacion a las mil maravillas, y sobre todo no las provoca; las situaciones de riesgo, quiero decir. Tiene, ejerce y reparte sentido común. Quizás sea un poco asustadizo, tirando a lo melodramático, pero un poco de miedo nunca viene mal: no olvidemos que el miedo ha facilitado la supervivencia de la especie. El muchacho ha aceptado y superado todos los retos que sus padres le hemos propuesto.
Mal que le pese no renuncio a chincharle ni a seguir tomándole el pelo. Ahora bien, mi espíritu de supervivencia me aconseja no hacerlo antes de haber recogida los cubiertos de la cena. ¡Ay!
lunes, 29 de abril de 2013
Buda y la Santina
Ayer domingo volvimos a casa antes de los esperado. Estábamos atéridos de frío y la Feria de Pesca que habíamos ido a visitar no daba mucho de sí. Cuando llegamos Campanilla estaba arreglando la casa y nos recluyó a los tres en la cocina.
- ¡Y no olvidéis quitaros las botas!
Yo en seguida me puse a preparar la comida, al fin y al cabo la cocina es mi hábitat natural: alcachofas con puré de calabazos y merluza.con limón, pero a los chicos el cuarto le quedaba pequeño y para que no molestarán les dije que hojearan el períodico que acababamos de traer. Se lo leyeron a la limón. Lo que no deja de ser sorprendente. El Agente Naranja, no lee, ve santos, pero Cascarrabias´Kid si presta atención a las noticias de la prensa. A veces, mientras me rapanzingo en el sofá los fines de semana, con mi cojín en la espalada, los pies sobre el arcón y mi períódico, acaso un disco de jazz o de clásica de fondo, se me cuelga encima y lee el períódico conmigo. O lo leería, si le dejara, porque me lo quito de encima con cajas destampladas. La prensa es un placer solitario y proclive a desatar manias, como armar la de San Quintín porque te desmanguen el periódico antes de que lo haya hecho uno mismo.
Cascarrabias´Kid de momento no domina las secciones de un periódicos y de momento se tira a lo seguro: la sección de deportes. Sabe apreciar una buena crónica de Formula 1 o del Tour de Francia y aún le impresionan y estimulan los titulares de las rutilantes estrellas del fútbol. Pero también le interesan otros temas.
Ajenos a mi presencia ayer le llamó la noticia de que una empresa China "arrasará el milenario monasterio budista de Mes Aynak, en Afganistan, para construir una gran explotación minera de cobre". su hermano escuchó la lectura de la noticia sin pena ni gloria, lo que irritó al Gran Cascarrabias´
- ¿ No te das cuenta?- añadió-, es como si viniera alguien aquí y se cargará a la Virgen de Covadonga.
Aseguro que jamás me han oido hablar a su madre o a mi de la Virgen de Convadonga, sino como un destino meramente geográfico, ambos han pisado muy pocas iglesias y sus conocimientos religiosos: históricos o confesionales son de los más rudimentarios, y, sin embargo, Cascarrabias´Kid a sus diez años ya conoce la fuerza de los símbolos y de su importancia para las sociedades.Percibe que más allá del valor económico está el valor de lo que representan y, lo que es más importante, no sólo lo reconoce, sino que lo respeta y defiende. Este chaval...
- ¡Y no olvidéis quitaros las botas!
Yo en seguida me puse a preparar la comida, al fin y al cabo la cocina es mi hábitat natural: alcachofas con puré de calabazos y merluza.con limón, pero a los chicos el cuarto le quedaba pequeño y para que no molestarán les dije que hojearan el períodico que acababamos de traer. Se lo leyeron a la limón. Lo que no deja de ser sorprendente. El Agente Naranja, no lee, ve santos, pero Cascarrabias´Kid si presta atención a las noticias de la prensa. A veces, mientras me rapanzingo en el sofá los fines de semana, con mi cojín en la espalada, los pies sobre el arcón y mi períódico, acaso un disco de jazz o de clásica de fondo, se me cuelga encima y lee el períódico conmigo. O lo leería, si le dejara, porque me lo quito de encima con cajas destampladas. La prensa es un placer solitario y proclive a desatar manias, como armar la de San Quintín porque te desmanguen el periódico antes de que lo haya hecho uno mismo.
Cascarrabias´Kid de momento no domina las secciones de un periódicos y de momento se tira a lo seguro: la sección de deportes. Sabe apreciar una buena crónica de Formula 1 o del Tour de Francia y aún le impresionan y estimulan los titulares de las rutilantes estrellas del fútbol. Pero también le interesan otros temas.
Ajenos a mi presencia ayer le llamó la noticia de que una empresa China "arrasará el milenario monasterio budista de Mes Aynak, en Afganistan, para construir una gran explotación minera de cobre". su hermano escuchó la lectura de la noticia sin pena ni gloria, lo que irritó al Gran Cascarrabias´
- ¿ No te das cuenta?- añadió-, es como si viniera alguien aquí y se cargará a la Virgen de Covadonga.
Aseguro que jamás me han oido hablar a su madre o a mi de la Virgen de Convadonga, sino como un destino meramente geográfico, ambos han pisado muy pocas iglesias y sus conocimientos religiosos: históricos o confesionales son de los más rudimentarios, y, sin embargo, Cascarrabias´Kid a sus diez años ya conoce la fuerza de los símbolos y de su importancia para las sociedades.Percibe que más allá del valor económico está el valor de lo que representan y, lo que es más importante, no sólo lo reconoce, sino que lo respeta y defiende. Este chaval...
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domingo, 21 de abril de 2013
La Cartuja de Parma
Con esto de la crisis ha habido que restringir también el placer de adentrarse en la librerías a atiborrarse de novelas y libros. Ahora me estoy releyendo la biblioteca personal. No toda, los libros que me han hecho perder el tiempo una vez, no me lo harán perder una segunda, pero los libros que disfruté un día, no me garantizan una segunda lectura venturosa. Algunos, sin llegar a defraudarme, no cumplen las espectativas y me sorprende el deslumbramiento, a todas luces sobrevalorado, que conservaban en mi memoría.
La última relectura ha sido la Cartuja de Parma, de Stendahl, que vino también motivida por la relectura de otro libro de Italo Calvino, ¿ Por qué leer a los clásicos?. En cualquier caso tanto la lectura de La Cartuja, como Rojo y Negro, del mismo autor, habían sido dos placenteras lecturas en los años 90, nada más abandonar la facultad. Stendahl me parecía una autor esteticista, con un gran ojo para los detalles, con un ritmo narrativo muy contundente. Stendahl era un transterrado, un francés que siempre se sintió italiano, y que como los travestis, adoptó con pasíon y extremismo la defensa del sexo deseado. Stendahl ha sido también uno de esos pocos creadores que han dado su nombre a un síndrome. Se conoce el síndrome de Stendhal a la ansiedad que experiementan los viajeros cuando se encuentran expuestos a gran número de bellas obras de arte. Es la sensación extrema de asombro que se experimenta ante la contemplación de la belleza y del arte.
En el año 2013, en España, la lectura de La Cartuja no podía ser la misma que a principios de los años 90. Entonces era una novela de entretenimiento, trepidante, con momentos de onda y elaborada emoción, como escuchar el comienzo del tercer movimiento de la Sinfonía número 2, en Mi Menor, opus 27, de Sergei Rachmáninov. En este año es una novela por lo menos sorprendente, llena de trampas.
La Cartuja de Parma está ambientada en la época en que Napoleón perdió al batalla de Waterloo. Cuenta un mundo en cambio. El Antiguo Régimen de monarcas, aristócratas y eclesiásticos, se enfrenta al nuevo mundo de cuidadanos, burgueses y leyes para todos que trajo consigo la Revolución Francesa. La novela está ambientada en la Italia fraccionada en estados, con pequeñas monarquías que se resistían al cambio de modelo político que suponían las nuevas ideas que venían de Francia. La novela cuenta los luchas de poder en los pequeños reinos del norte de Italia tomando como hilo a un joven aristócrata que a los dieciséis años se marchó a Bélgica para enrolarse en los ejércitos de Napoleón, al que tanto admira y al que sin embargo tan ajeno es y se muestra a lo largo de su vida. La novela no deja de ser un tratado perfecto de la corrupción política, el maquiavelismo encarnado en personajes y contada desde el punto de vista de los poderosos, donde nos familiarizamos con sus privilegios, con su modo de vida exuberante, con su desdén para los inferiores, con la facilidad con que disponen de la vida de las clases bajas a veces con la única pretensión de lograr salirse con la suya, con el pretexto de que triunfe el amor, el suyo. La distancia moral, afectiva y material entre las clases dirigentes que surcan la novela y el pueblo llano no puede ser más contemporánea.
Pero si todavía necesitan algún argumento más para adentrarse en su lectura, la Cartuja tiene unos de los dones que sólo tienen las únicas y verdaderas buenas novelas: personajes de carne y hueso, reconocibles, únicos y de una vitalidad deliciosa, a pesar de su odiosa moralidad, a la que tan cercanos y comprensivos nos sentimos mientras dura su lectura.
Digna de su síndrome.
La última relectura ha sido la Cartuja de Parma, de Stendahl, que vino también motivida por la relectura de otro libro de Italo Calvino, ¿ Por qué leer a los clásicos?. En cualquier caso tanto la lectura de La Cartuja, como Rojo y Negro, del mismo autor, habían sido dos placenteras lecturas en los años 90, nada más abandonar la facultad. Stendahl me parecía una autor esteticista, con un gran ojo para los detalles, con un ritmo narrativo muy contundente. Stendahl era un transterrado, un francés que siempre se sintió italiano, y que como los travestis, adoptó con pasíon y extremismo la defensa del sexo deseado. Stendahl ha sido también uno de esos pocos creadores que han dado su nombre a un síndrome. Se conoce el síndrome de Stendhal a la ansiedad que experiementan los viajeros cuando se encuentran expuestos a gran número de bellas obras de arte. Es la sensación extrema de asombro que se experimenta ante la contemplación de la belleza y del arte.
En el año 2013, en España, la lectura de La Cartuja no podía ser la misma que a principios de los años 90. Entonces era una novela de entretenimiento, trepidante, con momentos de onda y elaborada emoción, como escuchar el comienzo del tercer movimiento de la Sinfonía número 2, en Mi Menor, opus 27, de Sergei Rachmáninov. En este año es una novela por lo menos sorprendente, llena de trampas.
La Cartuja de Parma está ambientada en la época en que Napoleón perdió al batalla de Waterloo. Cuenta un mundo en cambio. El Antiguo Régimen de monarcas, aristócratas y eclesiásticos, se enfrenta al nuevo mundo de cuidadanos, burgueses y leyes para todos que trajo consigo la Revolución Francesa. La novela está ambientada en la Italia fraccionada en estados, con pequeñas monarquías que se resistían al cambio de modelo político que suponían las nuevas ideas que venían de Francia. La novela cuenta los luchas de poder en los pequeños reinos del norte de Italia tomando como hilo a un joven aristócrata que a los dieciséis años se marchó a Bélgica para enrolarse en los ejércitos de Napoleón, al que tanto admira y al que sin embargo tan ajeno es y se muestra a lo largo de su vida. La novela no deja de ser un tratado perfecto de la corrupción política, el maquiavelismo encarnado en personajes y contada desde el punto de vista de los poderosos, donde nos familiarizamos con sus privilegios, con su modo de vida exuberante, con su desdén para los inferiores, con la facilidad con que disponen de la vida de las clases bajas a veces con la única pretensión de lograr salirse con la suya, con el pretexto de que triunfe el amor, el suyo. La distancia moral, afectiva y material entre las clases dirigentes que surcan la novela y el pueblo llano no puede ser más contemporánea.
Pero si todavía necesitan algún argumento más para adentrarse en su lectura, la Cartuja tiene unos de los dones que sólo tienen las únicas y verdaderas buenas novelas: personajes de carne y hueso, reconocibles, únicos y de una vitalidad deliciosa, a pesar de su odiosa moralidad, a la que tan cercanos y comprensivos nos sentimos mientras dura su lectura.
Digna de su síndrome.
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reflexiones personales
sábado, 6 de abril de 2013
Los Planetas
Esta mañana hemos ido toda la familia a ver una representación de la sinfonía de los Planetas de Holst. La novedad era que mientras los músicos tocaban, en una pantalla de cine echaban una recopilación de imágines de esos mismos planetas tomadas por todas las sondas y naves que el hombre ha venido lanzando al espacio en las últimas décadas. Previamente un narrador hacía un comentario entre literario y científico de cada uno de los planetas. Hermoso e interesante.
Descubrí así que la temperatura en Mercurio es de 500 ºC y tiene una concentración de anhídrido carbónico bestial, o que tarda ciento setenta y tantos días terrestres en dar una vuelta sobre si mismo, que Júpiter tiene 63 lunas conocidas, tiene una masa trescientas y pico veces mayor que la de la tierra y esta formado por gas y tiene una peculiar mancha roja que encandila a los astrónomos; que los anillos de Saturno giran a una velocidad 15 veces mayor que la velocidad de la tierra y están formados por pequeñas partículas, o que alguno de sus lunas son más grandes que la misma tierra; que la distancia desde Urano a Neptuno es mayor que la del Sol a la Tierra y que uno de las lunas de Neptuno tiene un cráter por el impacto de un meteórito que abarca todo un tercio de su tamaño, la foto del satélite era la de un temible cíclope.
Estaban todos los planetas menos Plutón, que en el año que se compuso la obra no se había descubierto aún, y la tierra; pero viendo las imágenes, escuchando la música y atendiendo al narrador era difícil no tenerla muy presente. Escuchando lo inhóspito del espacio estelar, las altas o bajas temperaturas, los órbitas, la composición de los planetas era difícil no quedar fascinado por la milagrosa excepcionalidad de nuestro planeta: orbita a la distancia justa del sol para que se dé determinada temperatura, tiene la atmósfera adecuada en la que se estrellan y desintegran la mayoría de meteoritos, rota de la manera idónea, en fin que se han conjugado todas las circunstancias aleatorias y posibles para que en su superficie se formara el agua donde chapoteaba la papilla de moléculas que dieron lugar al ADN y que con el tiempo han acabado convertiéndose en Albert Einstein, Marie Curie, Usain Bolt, Nadia Comaneci, Miquel Baceló, Frida Khalo, Pablo Neruda, Jane Austen, Aristoteles o Simone de Beauvoir.
El espacio, el universo pueden ser todo lo grande que se quiera, que se conozca o que se pueda imaginar, pero resulta difícil creer que ahí fuera se puedan repetir las mismas circunstancias, en el mismo tiempo geológico, que den como resultado algo similar a la humanidad. Puede haber otras cosas,incluso mejores - la literatura y la imaginación humana no tiene límites en poner cara y ojos ( o antenas) e los extraterrestres-, pero como la Humanidad creo que no.¿ somos realmente conscientes de nuestra excepcionalidad?
Hoy me iré a la cama sintiéndome más valioso que la mejor de las piedras preciosas. También avergonzado de dilapidar mi grandeza entre corruptelas, vicios, envidias, zancadillas, mentiras, violencia y mediocridad.
lunes, 1 de abril de 2013
El síndrome de la Conciencia Tranquila
Nos gobiernan autómatas. Pase lo que pase ellos siempre tienen la conciencia tranquila. Da igual que les saquen fotos con un narcotraficante, que se gasten en putas y cocaina el dinero del contribuyente, que hayan cobrado sobresueldos, que les encuentren cuentas en Suiza, que se beneficien de amnistias fiscales, que les descubran patrimonio no declarado y de dudoso origen, que presidan fundaciones muy beneficiosas pero sin ánimo de lucro, que defiendan en el Parlamento de todos excepciones legales para beneficiar a cierto tipo de empresarios lúdicos, que se vayan a cazar elefentes a Botswana, que tengan amigas hospedadas a costa del Patrimonio Nacional, etcéterá etcétera, ellos siempre aseguran tener la conciencia tranquila. Por acción o por omisión.
Me considero una persona normal. Hombre, todo es mejorable, pero sin ponernos excesivamente tiquismiquis se me puede encajar, sin faltar a la verdad, dentro de los parámetros de la normalidad; es decir, en el seno de una comunidad de ciudadanos más o menos amplia consideraría que mi comportamiento y mis costumbres se atienen a una conducta moral y socialmente intachable. Pongo así el juicio sobre mi honor en manos de mis conciudadanos, y sin embargo y a mi pesar, no siempre estoy en condiciones de afirmar que mi conciencia esté tranquila. Ni he matado a nadie, ni he robado, ni engañado, ni estafado, ni siquiera le he puesto los cuernos a mi mujer, ¡ asi de triste es mi existencia! y, sin embargo no tengo la conciencia tranquila. No, no la tengo. Ya es mala suerte.
Hay días que pienso que pude haber hecho mejor las cosas, que pude haber callado ese comentario ofensivo, me queda la duda de haber molestado o perjudicado a alguien, me reconcome el alma no haber acertado al haber tomado tal o cual decisión, lamento no haber sido capaz de disfrutar al máximo de ese momento de asueto por dejarme arrastrar por los rencores de las cotidiana mundanidad. Yo me esfuerzo y me esmero cada día de mi apestosa existencia , pero no consigo asentar en mi conciencia los pilares de la tranquilidad. La muy puta va siempre por libre y me atormenta. Qué se la va a hacer. Es por ello que como buen ladrón me gustaría que mi prójimo fuera de mi misma condición, esto es, que se les tambalearan los pilares la conciencia varias veces al día, pero no hay manera y es verdaderamente inquietante: en estos casos la conciencia tranquila, no tranquiliza nada.
Con todo, entiendo que nuestro gobernantes, líderes, jueces, políticos, sindicalistas, y todo aquel que esté en contacto con dinero público o tenga la posibilidad de tomar decisiones por su cargo político que favorezcan o perjudiquen los negocios de otros, tienen todo el derecho del mundo a tener la conciencia tranquila, pero también tienen la obligación de poner el juicio sobre su honorabilidad en manos de su conciudadanos, dada su probada insensibilidad. El síndrome de la conciencia tranquila todavía no es un eximente de responsabilidad, pero todo se andará.
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