viernes, 9 de septiembre de 2016

Niños grandes, problemas grandes ( capítulo 2 y último)





Y efectivamente, a medida que crecen los muchachos, uno se va desentendiendo de lo cotidiano, lo que no es poca liberación, porque se arreglan por sus propios medios, se van dispersando en el tiempo los problemas, haciéndose más esporádicos, se convierten en la excepción y no en la norma, pero cuando estos se producen, su gravedad es cada vez mayor y por más que uno crea que ha hecho una gran acopio de experiencia y que está preparado para todo, la realidad es muy diferente y acaba comportándose como un recluta torpe con un fusil que no sabe manejar con el que debe apuntar al objetivo correcto y cargarse el problema con la acción o el consejo adecuado. Casi nada. Qué razón albergaba el lacónico dicho de mi hermana.

Primer botón. En el mes de abril de esté año el Agente Naranja luxó el brazo izquierdo doscientos setenta grados. Excepto el hueso, rompió todo lo rompible dentro de la articulación y seis meses después sigue con dolores, obligado a continuar haciendo ejercicios de rehabilitación y ya nos hemos hecho a la idea de que por muy bien que vaya la recuperación, jamás volverá a extender el brazo dañado al cien por cien. En fin, una gracia para un muchacho deportista de doce años.

Podría pensarse que qué culpa tiene el muchacho de haberse lesionado de esa manera. Y la tiene. Y mucha. La luxación se produjo haciendo lo que no debía, practicando parkour con su hermano y sus primos en un parque cercano a casa.  Y estaba avisado. No me había pasado desapercibido el interés que mostraban ambos cada vez que en la televisión salía algún video o noticia relacionada con esa actividad, o con la pandilla de jóvenes que en alguna ocasión habían estado practicando en el parque delante de casa  y estaban amenazados con las penas del infierno si eran descubiertos por mi menda ejecutando dichas prácticas.

Es tontería, sólo aprendemos de nuestros propios errores y ni aún así.

Segundo botón. El Agente Naranja se ha preguntado por primera vez quién soy yo, es decir, que ha tomado consciencia de su propio ser, que tiene la imperiosa necesidad de conocer cuál es su propio peso específico  sobre el mundo, que está buscando la equidistancia entre él y sus padres, él y su hermano, él y sus amigos y compañaros, él y la escuela, él y el deporte, él y él mismo, y esa búsqueda de la identidad, esa necesidad de encontrar respuestas, esa indagación que nos pone delante de muchos espejos que no siempre devuelven imágenes fieles, o sí, lo que no siempre tampoco es mejor, esa búsqueda de la esencia de uno mismo, suele ser drámatica, angustiosa, confusa, agotadora y aparentemente muy poco exitosa.

Cómo hacerle ver que de una manera u otra esa camino lo hemos recorrido todos, antes o después, que la respuesta no la tiene nadie más que él mismo, que no hay una sola respuesta clara, nítida y cerrada, si no muchas, que hacerse esa pregunta es bueno y necesario, aunque se sufra y uno no siempre entienda lo que le está pasando, que esa pregunta es sinónimo de hacerse mayor, de hacerse persona y que es tan importante encontrar una respuesta como relativizar la importancia, la certeza y la veracidad de la respuesta asignada. Cómo hacerle entender que esa pregunta le acompañara toda la vida, que será recurrente a lo largo de los años y que los argumentos y las conclusiones serán diferentes en cada ocasión, porque ni los intereses ni las circunstancias son los mismos y uno no es el mismo a los doce años, que a los veinte, que a los cuarenta o más tarde. Cómo hacerle entender que esa pregunta significa que ha empezado a soltar amarras, que Campanilla y Culo Gordo empezamos a estar en un segundo plano, que él empieza a ser el capitán de su destino, que nosotros debemos intantar no inmiscuirnos y que nuestro único deber es ayudarle a levantarse tantas veces cómo se caiga pero que en la aventura de descrubrir o construir una propia identidad, ni debemos marcarle al camino ni caminarlo por él. Ese trabajo, debe venir hecho de antes. ¿ Habremos hecho bien los deberes? Espero que sí, qué tenga las herramientas suficientes y adecuadas para poder las zarzas, derribar obstáculos y no dejarse cegar por la luz del sol, o lo que quiera que sea eso que brilla y deslumbra.

Bienvenido a la vida, hijo. Que la disfrutes.