jueves, 18 de febrero de 2010

Cuando las barbas de tu vecino...



Querido padre:

Hoy me he desayunado con la noticia de que un juez ha condenado a un padre a 55 días días de trabajos sociales y a seis meses de alejamiento por darle un sopapo a su hijo de once años. Que digo yo, que así en número gordos, a 55 días días por bofetada, a ti te habrían caído unos dos años. Que no digo que no me los mereciera, pero los tiempos cambian... y cómo. Si tu expediente lo cogiera un juez hoy y aplicara la retroactiva, con interes y todo teníamos para una peli de Hollywood: cadena perpetua.


Lo del alejamiento, ya ves, nos lo aplicaron a las bravas, sin juicio ni alegato, y es lo que peor llevo. Van ya casi treinta años de tu ausencia y ni te cuento lo que hubiera dado porque hubiéras conocido a Cascarrabía´s Kid y al Agente Naranja. In memoriam.

Estoy seguro que debajo del titular del periódico hay más miga de lo que parece, porque de no ser así, yo ya no entiendo nada. Nos quejamos de que los hijos han perdido el respeto a todo, de que no reconocen el principio de autoridad y de que son unos maleducados integrales. Pero a los mocosos ni tocarles, que se rompen. Cómo quieren que les eduquemos, ¿ con un power point?. ¿ Y a qué hora?, ¿ a las diez de la noche después de una jornada laboral de suicidio?

Los Estados se están inmiscuyendo peligrosamente en el ámbito privado de los ciudadanos, legislando las relaciones más privadas que existen como son las familiares y penalizando actitudes que jamás deberían formar parte del código penal. ¿ una bofetada, un pescozón, un coscorrón atentan contra la integridad del individuo? Desde mi punto de vista no. Y si el padre que protagoniza el titular del periódico le ha dado un soberana paliza a su hijo ( creo que no es el caso), se le juzga por animal y por agresión, pero no por dar una bofetada. Para mi el límite está más que claro.

Querido padre, recuerdo algún pescozón con el que enderezaste mi titubeante y díscolo rumbo, pero no recuerdo ninguno que no haya venido motivado de algún modo por mi parte, nunca hubo ninguno gratuito. También recuerdo el temor a que los pescozones se repitieran y de que cómo ese temor surtía efectos maravillosos: sabía perfectamente lo que debía hacer y lo que no, y dónde se encontraba el límite y a qué me arriesgaba si sobrepasaba la línea. ¡Ay!

Cascarrabia´s Kid y el Agente Naranja han probado en alguna ocasión la medicina tradicional: nunca como norma, jamás como hábito, ¡ pero quien haya vivido una escena por la mañana cuando toda la familia tiene una prisa de la leche y el chavalín está de güevo tocando las narices y no haya acabado zarandeando al rebelde y arrastrándole escaleras abajo, que tire la primera piedra!, ¿ quién no ha repetido en el parque alguna tarde una y mil veces "no lo hagas", "mira, que no lo hagas", "que te estoy diciendo que no lo hagas" y hasta que no le cae, no para?

Sólo recuerdo una ocasiòn en que perdí los estribos y di sin control, no con saña, pero fuera de mi. El disgusto me duró tres días y me tuvo bastante más tiempo dándole vueltas a la cabeza. Pocas veces me sentí tan mal. Y, por supuesto, a pesar de la corta edad de mi hijo, le llamé a concilio, me disculpé y le expliqué lo que había hecho mal y porqué. Aunque para él hubiera sido un pescozón más, para mi no lo era.

Querido padre, no aspiro a que mis hijos me teman -tampoco yo te temía a ti-, y no me siento especialmente orgulloso ni contento cuando debo recurrir a la agresion - jamás a la violencia -, pero ahora que heredé tu estatus de padre "in pectore" reivindico las, llamémoslas, fórmulas tradicionales de educación, porque aunque haya progenitores que sean unas bestias y necesiten la violencia - ya no la podemos llamar sólo agresión- para imponer su criterio - ya no le podemos llamar educación- a sus hijos, entiendo que la mayoría de padres y madres les gustaría poder prescindir de la torta, el castigo y la amenaza para conseguir que nuestros hijos se conviertan en C-I-U-D-A-D-A-N-O-S con todas las letras, capaces de vivir en sociedad, de controlar sus impulsos naturales, de no imponer sus caprichos a toda costa y por encima de todo y de todos, capaces de distinguir el bien y el mal, aunque no siempre estemos del todo inspirados y acertados delimitando ese límite, siempre subjetivo.

¿ Cómo se sentiría el juez aplicando esa sentencia ciñéndose escrupulosamente a la literalidad de la ley?, ¿ qué les pasaría por la cabeza a nuetros legisladores cuando pulsaron el botón verde en el Congreso que aprobaba la ley? Bonito favor.

3 comentarios:

Ricardo Fernández dijo...

Yo, que fui niño de paliza... Esto creo que lo hemos hablado en otro sitio en alguna ocasión.
Cuánto me das que pensar en el mejor de los pensares. Merci bien!

amalia dijo...

Nunca me gustaron los sopapos de mi madre, pero temía más los cabreos de mi padre, que sin tocarme un pelo, hacían mucho más daño. Pero, fui una niña feliz y soy una mujer feliz,...serán casualidades? Comparto tus reflexiones, amigo, pero para quien no las comparta siempre queda el remedio de etiquetar al niño de Hiperactivo y atiborrarlo a pastillas....y así todos tranquilos!!!!

Utopia, pero menos. dijo...

Dios mío, estoy rodeado de subversivos!!!!