domingo, 21 de agosto de 2011

¡ Buenooo!



Las vacaciones en familia cunden una barbaridad. En quince días da tiempo a todo. Al amor y al rencor. Este año hemos ido de camping a la costa. El primer día pensamos que se nos caía el mundo encima cuando caimos en la cuenta de todas las limitaciones a las que nos enfrentábamos. A partir del segundo día ya nos habíamos hecho a la nueva situación. De la necesidad, virtud.

Lo primero organización. Decidimos que los chicos ocuparían el ala este y que nuestros aposentos estarían en el otro ala. Las cocinas y la servidumbre trabajaban en la parte frontal, cerca del Hall y solíamos desayunar, comer y cenar en la terraza, a la acogedora sombra de los acebuches. Lo malo del camping es que cada vez que querías ir al baño tenías que atravesar las caballerizas, los aposentos de la servidumbre, y el campo de criquet. ¡ Como para ir apurado! Para ir a la despensa había que coger el coche. Es lo que tiene la vida en el camping, que no conoce límites ni horizontes. La biblioteca a menudo estaba llena de hormigas.

Otra particularidad de la sana vida campestre era la privacidad, cuando se convive con tantas criadas, mayordomos, edecanes y mozos de cuadra las relaciones familiares se resienten, se siente uno observado y en las horas libres, coño, justo cuando me voy a la cama, se arma un alboroto fenomenal. Para mi que los jóvenes que la armaron en Londres este verano habían estado primero practicando en el camping. Porque esa es otra, el camping estaba plagado de "gauchineims", que es el nombre que dan en Cádiz a los guirís, por aquello del "What is your name?"

Capítulo a parte merece la dieta. Las comidas en el camping son, cómo decirlo, "pret a porter". Hemos acabado con todo el jamón york del reino. Las pasta también ocupó un lugar importante en nuestra dieta. Dura las vacaciones dos días más y acabamos hablando italiano por ósmosis.

Incomodidades a un lado, lo cierto es que hemos tenido una vacaciones fantásticas. El sol y el mar aún son gratis, aunque unos lo disfruten en yate y otros en flotador. Los chavales recordarán un viaje en barco, una playa con medusas, el cine de verano, el buceo, las palas, los cinco pavos y los helados. Campanilla y yo recordaremos una jota aragonesa, que en el mediterráneo los caracoles marinos cantan tan bien que el Agente Naranja los llama Fígaros, un rap, una haka maorí,los albergues juveniles y seguro también, los italianos.

Personalmente suelo recordar mis vacaciones por los libros que me acompañaron. Este año, Blanco Nocturno, Meridiano de Sangre, El Pez Dorado. Desiguales.

1 comentario:

Ricardo Fernández dijo...

Ya me contarás eso de los caracoles...