domingo, 1 de enero de 2012

San Silvestre 2011



En ocasiones es necesario que pase mucho tiempo para poder entender las cosas. Yo he necesito todo un año. El año 2011 en su conjunto no ha sido un buen año. No ha sucedido nada especial pero en el día a día ha habido más zanjas, más charcos, más niebla, más frío, más curvas y más cuestas, de tal manera de que la sensación en los días finales es de mucho desgaste, de cansancio, de mucho desánimo, de derrota, de abandono. Quedan menos fuerzas para emprender las mismas batallas de siempre. Cuesta más ver los apoyos de quienes nos aprecían, nos acompañan y nos sostienen con su silenciosa presencia en eso que llaman la aventura del vivir. El 2011 no ha sido un año triste, ha sido aún peor, ha sido un año sin alegría.

Ayer corrí la San Silvestre. Hace cosas de dos meses me llegó un correo de mi amigo Chufa recordándome que este año me había comprometido a hacerlo. No recuerdo haberme comprometido a nada, pero conociéndome, seguro que así fue. Él año pasado él la corrió y tras la carrera fuimos a un bar a celebrarlo. La euforía de fin de año me empujaría a comprometerme a realizar lo que sabía que sería improbable. Cuando me llegó su correo le respondí que no se olvidara que no hace mucho había pasado por el quirófano y que no estaba en mi mejor momento. No el valió la escusa; él también había pasado por el quiráfano para una operación de chapa y pintura y estaba dispuesto a correr. Tenía razón. Antes de que me llegase el correo de Chufa yo sé que tenía que correr la San Silvestre aunque aún no sabía muy bien porqué. Esos días empecé a prepararme para la carrera. Psicológica y físicamente.

Los chicos también habían corrido la San Silvestre el año pasado. Cascarrabias´Kid hizo una carrera fenomenal, quedando entre los diez primeros. La carrera del Agente Naranja fue accidentada. Nada más dar la salida, le arrollaron, se cayó y cuando intentó reincorporarse le pasaron por encima y le pisotearon los que venían por detrás. Ni yo ni campanilla lo vimos. Nada más dar la salida me dirigí a la línea de meta para verles llegar. El Agente Naranja se levantó y completó los 500 metros de la carrera. Yo llegué a la línea de meta uno o dos minutos después que el Agente Naranja. Me lo encontré de espaldas hablando con su hermano, mostrándole la herida y la sangre de su caída. Cascarrabias´Kid cuando me vio me contó alarmado lo que le había pasado a su hermano. El Agente Naranja se giró, me miró y no pudo contener las lágrimas por más tiempo. Lágrimas sin llanto ni ruido. En su rostro se reflejaba la derrota, la humillación, el miedo, el dolor, la injusticia, la incomprensión absoluta, la necesidad de amparo y consuelo, todas las contingencias de la vida de las que todos los padres nos gustaría proteger a nuestros hijos durante toda la vida. Eran lágrimas secas y duras. Jamás olvidaré ni esa mirada ni esos ojos. En ese momento no había mucho más que decir, ni ningún consuelo posible. Me arrodillé y le abracé, aún sabiendo que los dagrones, el lobo feroz y los orcos ya no le abandonarían jamás. Decirle en eso momento lo orgulloso que estaba de ellos, de él, hubiera sonado a falso.

A lo largo de esta año salió más de una vez a relucir el tema de la San Silvestre. Sonaba aún algo lejos, pero había ganas de que llegara la fecha. Estos últimos días la hemos estado preparándonos juntos y salimos un día a correr los tres. Cascarrabias´ Kid fantaseaba con su victoria. El Agente Naranja escuchaba en silencio. Su carrera era mucho más profunda e importante que la victoria, su carrera era una duelo con el destino, un ajuste de cuentas, la conquista de una reparación.

He tardado un año entero en entenderlo. Los dos necesitábamos correr ayer por la noche. Él para exorcizar el miedo del año anterior y yo tenía que estar ahí, compadeciendo, para poder decirles luego sudoroso y reventado que no ganan los que llegan los primeros, si no lo que se caen y se levantan de nuevo, los que ponen el listón siempre un poquito más alto que sus propias expectativas.

Por cierto, ayer el Agente Naraja también se cayó en la salida, pero la sensación al final de la carrera era completamente diferente, los orcos huían con el rabo entre las piernas.

Personalmente en el 2012 sólo espero una cosa, recuperar la alegría. Nada más. Abriré de nuevo los ojos para apreciar las silenciosas presencias.

2 comentarios:

Ricardo Fernández dijo...

Muchas gracias por esa carrera y por contarlo.

Anónimo dijo...

Claro y después...corriendo p'a casa como si no pasáse ná......que bárbaro,tú.