jueves, 13 de diciembre de 2012

INVICTUS Y III










Al parecer es falso que Mandela le entregara al capitán, Francois Pienaar el poema INVICTUS para motivarlo, aunque sí es cierto que Mandela conoció el poema durante su cautiverio, que lo apreciaba y le consolaba en las horas bajas. Mandela lo que le entregó fue un discurso del Presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, conocido como “the man in the sand”, que había sido leido en La Sorbona de París el 23 de abril de 1910, cuyo fragmento más notable reproducimos aquí.

“ No importan las criticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo,  sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que en su lugar jamás estará entre aquellos almas que, frías y tímidas, no conocen ni la victoria ni el fracaso”:

El milagro sudafricano no hubiera sido posible sin un líder como Nelson Mandela, capaz de perdonar, entender y supeditar sus intereses a la construcción de un bien superior. Pero sería injusto no reconocer el protagonismo de otras muchas personas que, como Mandela, guardaron su odio, su miedo y sus prejuicios para lograr el bien común: la reconciliación

Uno de esos hombres, entre muchos otros, fue el general Constand Viljoen, el antagonista de Mandela.

El señor Viljoen era un miembro señero del pueblo Volk, un heredero de los Boer- granjeros de origen holandés- que en el siglo XIX habían colonizado el sur del continente africano a sangre y fuego, en guerra con las casacas rojas del imperio británico y las tribus africanas. Los Boers habían creado un estado dentro del estado. Por una parte la minoría blanca, que ostentaba el poder, el dinero y las armas; y por otra la mayoría negra, que vivía sometida en todos los aspectos de su vida a la minoría blanca. Los Boers tenían su propio idioma – el afrikáner -, sus propias ciudades, dominaban la economía y el gobierno y vivían totalmente de espaldas a la mayoría social del país. Las leyes del Apartheid no sólo segregaban a los negros, implícitamente impedían el contacto de los blancos con sus criados, con su mano de obra, con esos que vivían en ghetos y alborotaban su paz y pitaban a su equipo de rugby – los Springbooks- cuando jugaban con cualquier otra nación extranjera. 

El general Viljoen, como tantos otros afrikaners, había sido educado en esa cultura en que los hombres negros o eran invisibles o eran molestos, en ningún caso hombres. El general Viljoen había sido un militar destacado dentro del engranaje represivo del régimen del apartheid. Por eso vivió con especial intranquilidad la traición de los Presidentes Botha y De Klerc que liberaron a Mandela y permitieron que se celebrase una cita electoral donde el sufragio sería universal de verdad, incluyendo a la población negra.



 El tiempo desde la liberación de Mandela y la celebración de las elecciones fueron especialmente convulsos y difíciles. Había altercados, hubo asesinatos de destacados dirigente políticos, intentos de golpe de estado. Los jóvenes negros más radicalizados solían entonar en toda ocasión su consigna “¡ Matad al Boer!, ¡ matad al granjero!” La derecha más recalcitrante veía en el general Viljoen, ya retirado, un líder, un mesías, al hombre que volvería a poner las cosas en su sitio. Viljoen asumió ese rol y tenía los medios, el conocimiento, el dinero, la organización y las armas para tumbar de un plumazo el esperanzador proceso democrático sudáfricano. Una oportuna reunión propiciada por el propio Mandela en el domicilio del general logró que los peores presagios no se cumplieran. El magnetismo de Mandela logró abrir una brecha en la dura personalidad, en el disco duro, en la educación, la cultura, los prejuicios más acendrados del general. En contacto con Mandela Viljoen conoció acaso por primera vez en su vida la presencia del otro y, con ello, también por primera vez, valoró la posibilidad de estar equivocado, de que el mundo, tal y como lo había conocido hasta entonces, podía no ser el correcto o, sobre todo, el único posible. 

La historia sin duda la escriben también hombres como él , capaces de enterrar los prejuicios más profundos, espantando a manotazos las voces increpantes de sus propios correligionarios, alzándose sobre ellos para instruirles, a su pesar, en un nuevo concepto de vida, de cultura y de país.

Libro recomendado: John Carlin “ El factor humano” Seix Barral . 2009

Gracias y reconocimento a Campanilla por cederme una historia tan fantástica y toda la bibliografía.

1 comentario:

Ricardo Fernández dijo...

Pues tendré que darle yo también las gracias a Campanilla...