martes, 10 de junio de 2014

El país sin sombra

El domingo, como no podía ser de otra manera, batí mi récord y empecé a caminar a las seis menos cuarto.  Todos los días al acostarme, a esos de las nueve y media o diez, me prometo que esa noche por lo menos duermo hasta las seis, pero nunca lo consigo. A las cuatro o cuatro y media empieza el barullo de plásticos, linternas y ruido de chanclas y se acabó el tema. El final te levantas, haces la mochila, comes algo y a caminar.

Cuando salí a caminar desde Nájera era noche cerrada. Los primeros kilómetros los hice completamente solo. Cuando llegué al primer alto presencié un amanecer fabuloso. Y es que el que no se contentan es que no quiere. La mañana era fresca y era agradable caminar. La  primera parada fue en Azofra para desayunar. Los siguientes kilómetros estuvo pensando cómo actuar. La idea del grupo era llegar hasta Grañón, pero yo me encontraba animado y con ganas y valoré la posibilidad de pasar de Grañón y continuar uno o dos pueblos más, con la idea de realizar en tres días lo que normalmente se hace en cuatro y llegar el martes por la mañana a Burgos. Iba a buen paso y me encontraba bien. El sol empezaba a lucir y yo seguía los pasos de mi propia sombra que a esa hora temprana era larga como un massai. A medida que avanza el día, según sube el sol, la sombra se va achicando y acaba reducida al tamaño de un pigmeo. Una buena metáfora de mis propias fuerzas. Y es que cuando empieza a cascar el sol a eso de las once, empiezan a pesar los kilómetros acumulados y las fuerzas desaparecen a gran velocidad. Cuando llegué a Grañón, con casi treinta kilómetros recorridos y aún no era ni medio día, mi ánimo para continuar decaía por culpa de "la calor". Aún así seguía decidido a continuar. Me acerqué al albergue con la idea de dejar una nota escrita de despedida para los compañeros y, además en Santo Domingo de la Calzada había comprado un pequeño pin para mi compadre Giovani. Escribí la nota y me dirigí al pueblo a recuperarme, hidratarme y alimentarme. En la plaza estaba Valentín el valenciano. Cuando le comenté mis intenciones de continuar para ganar Burgos en dos días me puso una cara de incredulidad que me acabó de desanimar. Además antes había estado hablando a la entrada de Griñón con un muchacho mexicano que me había dejado una guía del camino para calcular los kilómetros que debía ganar por día para lograrlo - el papel lo sostiene todo - y también debió verme lo suficientemente cansado como para insinuarme que me lo pensara. Cambié de planes y decidí quedarme en Grañón. Soldado que se retira a tiempo, sirve para otra guerra. En el bar de Grañón volví a encontrarme al mejicano, de la estirpe de Emiliano Zapata, sosteniendo una conversación de los más revolucionaria sobre la coherencia de la iglesia y del cura del pueblo. Según hablaba yo buscaba un lugar donde esconderme para cuando empezara "la balasera". Por si acaso le hice un comentario tomando partido por él y el manito se envalentonó.

- Van a conocer lo que es la venganza de Moztezuma.

Así que en cosa de cinco minutos pasé de querer meterme más de cien kilómetros en tres días, a dejarlos reducidos a cincuenta poco más o menos. Dormiría en Griñón y al día siguiente continuaría hasta Belorado y desde ahí autobús a Logroño y para casa. No me arrepiento de la decisión.

Por una parte estaba triste por acabar con mi periplo santiaguil, pero por otro reconozco que si dispusiera de veinte días más y tuviera la posibilidad de continuar hasta Santiago de Compostela, no podría. Hacer el camino exige una gran mentalización, no es una actividad sencilla, exige fuerza física, cuidado del cuerpo, método en la alimentación y en la hidratación, sus horas de descanso, una fuerza mental importante para superar los momentos de crisis. A esas altura de camino mi cuerpo empezaba a sentir los síntomas del esfuerzo y del cansancio. Me faltaba la mentalización para continuar. Después de ocho días caminando, no tenía una sola ampolla, no había tenido agujetas, ni tendinitis, si acaso un poco de dolor en el pubis al incorporarme después de haber estado sentado, pero nada más. Hacía tiempo que no me encontraba físicamente tan bien. De los recurrentes dolores de espalda no había ni noticia y, sin embargo, me atrevo a afirmar con rotundidad y sin temor a equivocarme que, a esas alturas de la película, estaba de caminar hasta los mismísimos cojones. La rutina de madrugar, untarse vaselina en los pies, calzarse, comer y beber, volver a caminar, inscribirse en el albergue, guardar cola en la ducha, descansar, procurarse comida y volverse a acostar - guión inalterable durante treinta y un días- pasa factura. Además desde que salimos de Logroño el paisaje era descarnado, con grandes espacios abiertos, con campos eternos de cereal, caminos de polvo y kilómetros y kilómetros sin una sola sombra. Sólo el contacto con el resto de los peregrinos la hace soportable y atractiva. La socialización. Sólo pensar que cuando reanude el camino desde Belorado algún día , me tengo que disponer a atravesar la estepa castellana me da chungo.

La parada en Grañón mereció la pena. El albergue es parroquial y está en el campanario de la iglesia. Se duerme en el suelo sobre colchonetas y la cena es gratis y comunitaria. En la recepción hay un arcón con la tapa abierta para dejar el donativo. Un cartel indica que si puedes dejes y si necesitas, cojas. En Grañón había un danés típico ( siete metros de altura, cuadrado, rubio, de más o menos mi edad y tatuado por los cuatro puntos cardinales) que viajaba con su hija y su hijo. A primera vista les echaba a los muchachos entre quince y dieciocho años. Luego en la cena supe que el muchacho tenía 12 años, un año más que mi hijo Cascarrabias´Kid y la chica, visto lo visto, es posible que tuviera catorce o quince, no más, a pesar de su tamaño. Cuando subí a media tarde a tumbarme a descansar me encontré al padre tirado en la colchoneta y a sus dos hijos acurrucados uno a cada lado sobre su pecho. Los tres estaban abrazados. Soy un sentimental. Me emocioné.

Estuve ayudando a Don Manuel a preparar la cena. Lentejas con patatas. Las patatas estaban en el bodega y el paisano me hizo bajar desde el campanario hasta tres veces a cojerle más patatas.  No paraba de llegar gente al albergue, pero no era mi culpa, joder. El que no llegó al albergue ese día fue Giovani. Cuando por la mañana le fui a despertar en Nájera ya se había echado pomada para el dolor en la piernas y no tenía la más mínima intención de levantarse. Me dijo que iba a descansar un poco más y que saldría más tarde. Para mi que se quedó en Nájera a descansar y recuperarse. No se le puede reprochar. Lo único que siento es no haberme podido despedir de él como dios manda.

Esa noche fue de las que mejor dormí. Pero aún así al baile empezó sobre las cuatro y media como todos los días. Como el día anterior ya había decidido que el siguiente sería mi último día de camino, de alguna manera mi mente ya se había relajado y nunca me había costado tanto levantarme, comer, hacer la mochila y empezar a caminar. No había dado el primer paso y ya estaba cansado. Aún así hice de tripas corazón y cubrí la etapa hasta Belorado. Primera parada para desayunar Redecilla del Camino. Rosa la portuguesa, que el día anterior había llegado a Grañon reventada y echando espumarajos por la boca, estaba recuperada y animada. Si no hubiera sido por la ayuda de Don Manuel no hubiera llegado a Grañón. Él la espero y la acompañó para que no se viniera definitivamente abajo. A Rosa le dejé en Belorado mi camiseta de Superman.

- Ahora sé que llego a Santiago seguro- me dijo agradecida en portugués.

A Rosa le dejé en custodia el pin de regalo que había comprado para Giovani. El camino es largo y es normal que a alguien que has perdido de vista dos o tres días te lo vuelvas a encontrar al cuarto después. Yo sé que se volverán a encontrar al brasileño. Luego antes de despedirnos, Rosa me trajo una bolsita de gominolas para el viaje de vuelta. A Belorado llegamos sobre las once y media y a las once y cuarto salía un autobús para Logroño. Ángeles, la mujer catalana y yo regresamos juntos. Antes nos tomamos una cerveza con Nicolás delante de la parada del autobús.

Y hasta aquí puedo leer. Esta noche he dormido en mi cama y no he podido dejar de pensar cada vez que miraba el reloj, ahora estarán cenando, ahora ya se habrán acostado, a esta hora ya llevarán caminando tres horas o más, ojalá tarde en cascar el sol, ¿se habrá recuperado Giovani?.

El Camino de Santiago es como decían los versos del Lope de Vega:

- ¡Esto es amor!, quien lo probó lo sabe.

1 comentario:

Ricardo Fernández dijo...

Y yo he seguido todas tus evoluciones... Me alegra que haya ido todo bien y que estés de vuelta.
Un abrazo.