jueves, 13 de mayo de 2010

Las piedras ( 3 )



Los Ruanos llegaron al desierto con todo el esplendor de su civilización: sus calzadas, sus acueductos, sus foros, su idioma, sus monedas de plata cuñada, su comercio, sus leyes y sus dioses de quita y pon. Ahí por donde pasaban lograban imponerse por la fuerza de la razón y el empuje de su cultura. Donde no alcanzaban esas sutilezas, echaban mano del apoyo de sus ordenados ejercitos, sus catapultas y sus galeras. Luego invitaban a los reclusos a participar en sus expectáculos de circo.

Ni Facundos ni Melitones acogieron su presencia con agrado. Tampoco los Ruanos se adaptaron nunca a esas gentes, jamás llegaron a comprenderles: ni su carácter, ni sus riñas continuas ni su religión de cantos rodados y piedras sagradas.

Con el tiempo los Facundos supieron adaptarse a la nueva situación. Pactaron con el invasor. Los Ruanos respetaban sus costumbres ascentrales y su religión y los Facundos les aseguraron a cambio el sometimiento político y militar a los Ruanos de su tribu y la mayoría de las tribus del desierto.

Los Melitones, sin embargo, nunca se sometieron a la influencia de los Ruanos y rompieron definitivamente todo vínculo con los Facundos. La traición debía ser vengada y las piedras debían ser recuperadas. Pero lo cierto es que a esas alturas de las película el poder y la influencia de los Melitones era inexistente. Su esplendor era puramente espiritual, pero nada más. La oposición a los invasores y a sus cómplices diezmó las fuerzas y las vidas de muchos Melitones. Cuanto más desesperada era la situación, más se aferraban a su fe de cascajos. Poco a poco se extendió entre la resistencia la idea de la llegada de un Mesias, un ser enviado por su dios que les liberaría del yugo de los Ruanos. Pero entre que venía y no venía, seguían oponiéndose a la invasión con poco o ningún éxito, de refriega en refriega.

En una de las refriegas, los Ruanos capturaron a un grupo de rebeldes entre los que había un individuo llegado de las tierras nevadas del norte, de la actual Escandinavia. Era un chico rubio, alegre, de pelo largo, aficionado a fumar hojas de cáñamo y a tañer música con unos instrumentos de cuerda unos ritmos estridentes que en comunión con las hierbas de cáñamo le hacían entrar en trance. Es llamaba Elke Soi. Cuando empezó el interrogatorio y le llegó su turno, el oficial de los Ruanos tuvo problemas para hacerse entender, ni el Ruano se manejaba bien con las lenguas de los desiertos, ni el escandinavo comprendía muy bien la lengua del opresor. De todo el interrogatorio sólo se sacó en claro una cosa.
- Dime, extranjero, ¿ tú quien eres?
- Yo soy Elke Soi.

La fracesilla con el tiempo daría mucho que hablar.

( Continuará)

2 comentarios:

Ana dijo...

Ya queda menos...

Utopia, pero menos. dijo...

Ánimo. Un capitulillo más y se acabó.